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Sportman de cebolla para la polla – Luis Pizza en Bayamón

luispizzaplaceBayamón es un pueblo que se destaca por su gastronomía mierda consistente de mil y un restaurantes de comida rápida en donde ustedes puede acortar su vida según su predilección. Escoja su veneno. Hace unas semanas atrás me dí a la tarea de romper un poco la dieta que tengo pues quiero adelgazar mi mastodóntico bicho y me dí una ronda por todo Bayamón buscando un sitio para entrar en pecado gastronómico. No andaba solo, andaba bien acompañado de una buena jeva y quería complacer de una forma tal que me jartara yo y no se sintiera ella chipi pensando que la llevaba a un sitio mierda pero tampoco quería impresionar demasiado para que ella pensara que era un tipo de torta así que descarté Martin’s BBQ como sitio “barato” e Ichiban como sitio fino y decidí irme por el punto medio. Me lancé a Pizza Hut de Forest Hills, Bayamón.

Pizza Hut es un restaurante de Pizza. Por si no lo sabían. Allí he comido pizza en pasadas ocasiones y pensé que si compraba un surtido y una pizza vegetariana estaba listo para llevar a esa potranca a la cama. Yo entré al establecimiento. Doy los buenos días que no me dieron a mí. Me ubicaron en un asiento al lado de personas con un nene que balbuceaba y gritaba mierda todo el tiempo. La mesera de turno nos hace entrega del “amplio” menú (que de hecho, debería hablar un poco al respecto en otro post) el cual me doy cuenta como que le han macheteado varios ofertas cosa que no me favorecía ni con la jeva, ni a mi bolsillo; y ella, que no es pendeja tampoco me propone buscar otro sitio para saciar nuestra hambre y salir de ese infierno donde tenía a ese welebicho de 4 años gritando y jodiendo y es ahí donde me viene a la mente ir a un restaurante que hace años, pero años largo que no había visitado. Su nombre: Luis Pizza.

Le mercadeo la idea a la chica y ella parece convencida cosa que me da la oportunidad de irme pal’ carajo de Pizza Hut. Que se metan su Stuffed Crust por culo con todo y nene llorón. Prendo el carro y me dirijo a esa bastión de la pizza bayamoneza. ¿Y qué puedo decir? ¿Por dónde arranco? Estacionamiento. Sencillo. Luis Pizza es uno de esos sitios que es una cabronería para estacionarse. Estás obligado a treparte en una acera, robarle el estacionamiento a un negocio o rifar el carro en medio de una isleta para poder bajarte a comer allá y cuenta realmente como con 4 o 5 estacionamiento donde seguramente los primeros dos son del cocinero y el gerente del sitio o sea que te cagaste en tu madre y yo soy de esos conductores comemierdas que no me paro en un sitio si no veo estacionamiento. Así de mamalón soy yo y que se joda. Yo pago el carro no tú. Luego de dar dos vueltas por la avenida me di de cuenta que un cabrón se estaba marchando y rápido aproveché para poder meter el carro ahí como podía porque los otros cabrones que cogieron parking allá se estacionaron todo viroteado. Me cago en la madre. Igual metí el carro como podía. No iba a hacer esperar a la chica y a mí mismo por un foquin hijo de mil putas que no sabe estacionarse como es debido.

Anyway, siguiendo con el blog, me bajo llevo a la chica cogidita de la mano, como todo un caballero abro la puerta y… y… y… ¡allí estaban! Los 1001 espejos que cubre todo el cabrón Luis Pizza. Si no estás familiarizado con el sitio no sabrías si entraste a un motel temático o que realmente estás en una pizzería. Siempre me pregunte si en la noche en ese sitio se chicha en clandestinaje, porque eso es lo que parece ese sitio. Y me imagino una escena de Eyes Wide Shut filmada en ese restaurante. Eso está cabrón. Esos espejos llevan allí desde que tengo uso de razón. Esos espejos si hablaran dirían muchas cosas. En 1994 lance mi aliento a uno y dibujé un bicho con cuernos y me entró la curiosidad por saber si aún existía semejante monumento al bicho hoy, luego de 20 años, pero da la mala pata que nos divisó uno de los empleados (no vi muchos) y el mismo nos procede a sentarnos en una de las mesas que da directo al cristal so que tenía vista al carro (que by the way no me molesta para nada, así se si Baby Rasta o uno de sus esbirros me dan un trambo).

El muchacho nos entrega el menú. Maldigo la hora que no le tomé una foto al menú. Ese menú estaba descojonado a niveles extremos. Parecía que era el mismo menú que me entregaron 20 años atrás cuando dibujé el bicho en el espejo. Gastado, decolorado, tenía la mica enrrollada, lo único que le faltaba era pedazitos de papel de baño impregnados en la mierda esa. Yo no soy un tipo comemierda ni mucho menos pero creo que un restaurante debe de siempre ser precavido con las cosas que le muestra a sus clientes pues soy de los que pienso que si te importa un bicho tu restaurante pues te importará un bicho tu propio cliente. Es lo que pienso, sinceramente. El menú constaba de lo básico la picadera o entremeses, pastas, pizzas con sus ingredientes y tamaños, postres, bebidas, etcétera. Nada que te sorprendieras y que te hiciera decir “diablo, esto debe de ser algo cabrón” ni nada por el estilo.

Total para lo que venía era para comer pizza so que le di pichón a eso y pedí de aperitivo lo que la chica quisiese. Ella me menciona que cogiera algo rico y económico, y se antojó por unos pan con ajo y queso por medio. No lo vi nada mal. De eso tenía un costo accesible y qué carajo, lo pedimos con dos vasos de agua (jamás pidan botellas, el vaso con agua no se puede cobrar). Lo ordenamos y esperamos a que el pan con ajo y queso llegara para ordenar la pizza.

No se ve fancy, pero se deja comer

 

Bueno. Sencillo. No estoy seguro que el pan sea hecho allí mismo, pero qué carajo. Algo positivo. La salsa me la sirvieron caliente y no sacada directa de una nevera. ¿Que si la salsa es de pote o es hecha por ellos? No lo creo, pero igual, en Puerto Rico el 90% de las pizzerías no hacen sus salsas, mierda, lo tienen todo enlatado así que no me quejaré en lo absoluto. Sabía bueno. No me quejo. No es el mejor aperitivo del mundo pero malo no es, eso se los aseguro.

¿Qué tal la pizza? Luego de ordenarlas no tardó mucho en llegar. ¿Y qué les digo? ¡Fenómeno! Es de esas pizzas que uno siempre aspira comer. De esas que tienen tanto queso que halas y halas y halas y los hilitos de queso se vuelven infinitos. Es uno de los placeres que más me da de comer buena pizza. ¿La mía? De cebolla. Amo la cebolla. Se me para la polla. Iba a pedirla con setas incluidas pero no hacía falta porque así, con un ingrediente no más estaba bien ready para comer. Estabas obligado comertela los primeros minutos de traída a la mesa con tenedor y cuchillo porque sino, tenías quemaduras de primer grado en la mano y de no soplar la misma, en el cielo de la boca. Cosa divina.

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La masa es fina  y eso es un plus donde sea porque la pizza de masa gorda es una jodienda que se abastece rápido y siempre puede sobrar pedazos. Yo quiero la experiencia completa. Quiero comermela toda allí mismo como Cristo Nuestro Señor manda, puñeta. Todo bien rico la verdad. El cabrón que las cocina sabe lo que hace. No se veía mantecosa ni nada. Obvio, no era fat-free ni nada obviamente, pero tu sabes cuando el queso de una pizza es una mierda cuando lo que ves es un mantequero chorreando de la misma. La foto no te engaña.

Las porciones son grandes. Cuando esta gente dicen “sportman” hablan en serio. Hay lugares donde cuando pides una “sportman” o pizza grande lo que te sirven es una glorificada pizza que en cualquier guagua de pizza por ahí le dirían mediana seguramente pero aquí estos hijos de puta no creen en Dios. El concepto de lo que es Dios no lo comprenden, solo comprenden una sola cosa y es hacer dinero y conmigo lo lograron. Esa pizza es blasfema.

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Sabrosa pizza, eso si, te lo sirven encima de una plataforma de metal como si se tratase de un sacrificio humano a tu nombre; algo totalmente tétrico e imponente que se impone entre la conversación que tienes con tu pareja pero qué resuelve con tan solo apartando a un lado continuando así tu tertulia y labia monga, tranquilo.

Que triste que el mesero no se molestó en tratarnos con más cariñito a la mesa sin procurar en brindarnos más bebida para nosotros. Supongo que como eran vasos de agua y no cervezas o refrescos el tipo pensó que no valía la pena atenderme con propiedad. Nada como 1 centavo de propina para cagarle la conciencia a ese cabrón. Pagué, me marché y rogué a Dios no cagarme encima el resto del día.

Ese día no chiché.

En conclusión, puedo decirles que Luis Pizza es un restaurante que funciona si te haces bloqueos mentales y tienes bajos estándares de salubridad. Si eres de esos que son tiquismiquis con la comida y con los lugares, que no puedes ver un pelo en la sopa y te limpias el culo solo con papel Charmin tendrás un problema existencial con Luis Pizza, pues Luis Pizza es como esa abuelita que hiede a mierda pero que cocina bien cabrón.

Es un fenómeno único y especial. Luis Pizza es como el arte del buen cagar: Asqueroso y hediondo pero sumamente placentero.

Merdócrata A La Moda

La llegada mía ha este mundo está repleta de aventuras y mucha mierda en especial mierdas que me pasan a base del amor y otras pendejerías. Un día, hace unos meses atrás, estaba sentado en mi vehículo, una Champ color azul clarito y estaba con la jevita de turno tu sabes, y estábamos hablando pendejases. Yo soy bueno hablando pendejases, bueno, soy bueno hablando mierda. Pues eso es lo que hice: hablar mierda. Dentro de ese vernáculo de alcanterilla que me distingue le pregunté a mi chica cómo es que me veo. La muy cabrona respira hondo y me dice “como un desempleado que busca donde irse a beber”. No sé que carajo me pasó por mi mente en ese momento. No sé si abrir la puerta del carro y tirarla por la brea a 70 millas por hora o colocarme el gesto como una medalla en el pecho. La mierda es que me puse a reflexionar. Soy tan basura, tan miserablemente masoquista que me dio por pensar en cómo complacer a esta chica que me tiene loco pero que a su vez me preocupa su línea de pensamiento.  ¿Seré tan poca cosa? ¿Mis gustos por la moda está como los del gallo (en el culo)? No es que a mi me importe pero yo, como tremendo macho cabrío que soy me dediqué a la tarea de buscar un cambio de look, papi, tu sabes, de estilo. Cosa de lucir cabrón la próxima vez que saliera por ahí yo, con mi trapo de pinga por ahí, de casería.

Llegué a mi casa y empecé a meterme al internet desde mi Pentium custom made bien bellaca con Windows 95, con mi Dial Up bien ready y el casset de Super Mario Bros 2 de disco duro y comencé a surfear por la red. Cosa cabrona, tengo que decir, porque luego de 24 minutos de hacer loading del logo de Google pude acceder a la página y me puse a buscar información sobre las distintas subculturas que abundan en el país. Sea lo que sea quería observar imágenes de múltiples personas que necesitan ser parte de un grupo “elite” de la sociedad. Gente que viste según sus gustos o en algunos casos por presión de grupo para poder encajar en la sociedad. Pasa el tiempo, me quedo pensativo, reflexiono, recuerdo mis tiempos de mozo. Mis tiempos cuando encajaba con la crema y nada cívica de la isla.

Recuerdo años atrás cuando allá a principios de los noventas la gente me mamaba el bicho bien cabrón cuando yo vestía con mis mahones marca Pepe y mi camisa de Bad Boy. Bien baja panty yo. No había mujer con pollina que no le azotara la cara con mi monga matraca. Yo era todo un chulo, todo un boss. Los hombres me decían “Merdócrata, como un ser nauseabundo como usted puede tener mámises así de ricas y deliciosas” yo siempre les respondía sencillo con mis 6 palabras de virtud: “Que se te marque el bicho”. Ese es el secreto. Gracias a eso es que pude echar polvos con mujeres del caribe como Brenda Robles, Ivette Cintrón y La Taína (con condón).

Pasa el tiempo y llegando a mediados de los noventas yo me había vuelto un tipo medio caco. No les hablo del resto de los ochenta. Los ochentas estaban más que cabrones. Yo solo me vestía de Miami Vice y la gente lactaba y ya. Pero a mediados de los noventas yo tenía una crisis emocional bien cabrona pues siempre trataba de andar con mis putas tenis Nike,  Reebok al día. En el back to school yo quería venir con lo ‘último en calzado. Mis amiguitos se iban a botar. Yo también. Yo no tengo madre, solo se que me cagaron y que la sociedad me convirtió en el escombro humano-excreta que soy ahora.  Pero hay algo que no me daría gracia y que creo que era que unos mamabichos de estudiantes me la montaran con los chavos que les da sus mamis. ¡Mierda es! Es por eso que me dediqué a cobrar por trabajos de la escuela. 50 centavos, 1 peso, 3 dólares un proyecto. La cosa es que poco a poco ahorraba para separar el holy grail de los calzados deportivos. Si, hijo de mil putas, ahorraba para mis Jordan.

Se estaban por acabar los noventas y ya el milenio estaba por culminar y algo me pasó por la mente. No me sentía a gusto conmigo mismo. Era una masa asquerosa híbrida. Yo no sabía que hacer. Era caco, si, lo era. Aún le rendía tributo a Falo y a su tiradera al maricón ese de Alberto Stylee pero aún no sé. Pensé que era cool y radical en especial porque tenía en mi poder mis mahones marca BOSS negros bien anchos ultra cabrones pero estas estaban acompañadas por unas tenis Airwalk o Sketchers. No sé por qué. Yo se que era cosa de surferito pero para mí que era que el ser caco tenía que evolucionar. Teníamos la misma moda como por 10 años sin ningún cambio. Nosotros los que asistíamos a los festivales playeros de Telemundo simplemente estábamos desamparados. Es por eso que me olvidé de ser caco por un tiempo.

Dios bendiga a Falo y sus pinchos

Ahora me volví rastafari. Era un cabrón universitario que merodeaba por la tienda Gravity antes de convertirse en los boots mierda que hay ahora en Plaza Las América. Cojones, yo estaba con toda la indumentaria. Mi correa tri colores verde mierda, amarillo mierda y rojo como culo hecho sangre de Arango representando al rastafarismo. Yo estaba a otro nivel social. Me lo viví. Fume pasto, pasto con cojones. Fume pasto pa encajar con el corillo. Meterse yerba era cool e ir a conciertos de Cultura Profética en locales cerrados era una invitación a salir arrebatado y fallar un dopaje sin la necesidad de meterte una jalá de fili alguno, qué carajo, si eras fumador pasivo de decenas de yerberos. Pero la escena de los rasta estaba lleno de posers. De gente que simplemente seguía una moda y que de rasta lo que tenían era los mismos que tenían de revolucionarios los que se ponen las camisas del Ché y comen en un McDonnald’s. So que me cagué en mi madre. No me sentí a gusto. El rastafarismo es algo más que simplemente Bob Marley. ¿Dónde están los grandes cultivos de marihuana? ¿Dónde está el tributo a Haile Selassie? No lo vi en ningún lado. Aparte que no me sale bien los dreads, máxime cuando no tengo cabello y solo mierda en la cabeza. Así que lo abandoné.

Intenté ser metalero también. Me vestí de cuero, pantalones gastados y rasgados e intente que todas las t-shirts que podía encontrar fuera o una de dos de lucha libre o de bandas de rock. Yo pensé que se escuchaba Enter The Sandman en repeat por 12 horas y bebía tanto alcohol que haría que James Hetfield se sintiera abochorndo de mí podría encajar bien cabrón. Pero tu sabes. La gente rápido decía que los roqueros son puercos y eso. Bueno, yo soy puerco. Pensé que era parte de la indumentaria. No limpiarse bien el culo y andar con un flow bien lento… tu sabes, me tatué un bicho con cuernos, mochaba, era el terror de los mosh pits. Pero la verdad es hija de Dios y hermana mía. Era un welebicho infeliz. El rock me puede mamar el bicho en especial el metal. (Lo dije, me pueden mamar el bicho luego de acabar el post jeje)

Me resigné en mi vida, el metal no era lo mío. Los metaleros siempre tenían una mierda de vivir acomplejados con el reggaetón. Eran como que la sombra de ellos. Los reggaetoneros esto, los reggaetoneros aquello. No sé que bicho pasó pero tanta era la envidia que sentían los mismos que me cucó la idea de regresar al ambiente que abandoné. Corté con tijeras mi camisa de Iron Maiden, quemé mis posters de Metallica, borré los pentagramas de la pared y vendí en Clasificados Online mis mesa de rituales para sacrificar gallinas a nombre de Satán y me metí de lleno al círculo de los cacos.
Vaya es mi sorpresa que cuando regresé me encontré con cabrones con mohawks, cabellos pintados de colores rosita o amarillo pollito, pantalones pegados, carabelitas, estrellitas y gafas de neón. ¿Qué bicho pasó aquí? Parecía que andaba dentro de un anuncio de Fanta en un noviembre en el cine de Caribbean Cinemas de lo absurdo que eran las cosas. Me cago en tu madre, lector, te digo. Yo entré buscando refugio en el reggaetón  y acabé en el maricotón. Con gente más poser aún que no solo juran ser cacos y maleantes sino que gustan del recortarse y escuchar Skrillex para causar pánico y terror en los viernes en la noche en Plaza del Sol

La vida mía me dio vueltas. Esto estaba extremadamente pendejo. ¿Acaso yo no tenía dónde ubicarme? Pensé que era caso perdido. Al día siguiente llamé a mi jeva (de turno) y le dije que quería verla. Me arme de valor y le dije: “Oye mija, aceptame como soy, puerco, sucio y desempleado o te meto en la bemba”. A la cabrona se le aguaron los ojos, se puso colorá, me agarra la maseta por encima del pantalón y me dijo “Merdócrata, basura de hombre, te adoro y creo que te amo.”

Luego de un grajo intenso, donde sus senos rosaban con mi camiseta de “Eso Vale”, coloqué mi sobaco pelú alrededor de su cuello y nos dirigimos a Marshalls a probarnos unos mahones putis y calzoncillos Tommy Hilfiger.